LA QUIETUD DE LA POESÍA.

La calma precede siempre a la tormenta,
pero hasta que esta llegue,
disfrutemos  de la quietud
que otorga el saber que eres,
 aunque quizás no sepas quién eres.
          (“Sosiego”, de Tiempo en calma, de Irene Fidalgo)- 

«Había una vez una niña que se tragó la luz que le entregaban los demás porque era ciega. Un día, la niña obró su propio milagro y abrió los ojos muy despacio. Y les vio».

¿De qué colores son los recuerdos de esos primeros años infantiles?

Si cierro los ojos y evoco esa niña que fui (y que soy) no hay un único color con el que pueda identificarme. Hay recuerdos que son de un rojo muy intenso si pienso en las tardes en bicicleta con mi abuelo; verdes, cuando se me aparecen los retazos a modo de tirita de las risas, en el Jardín de las Naciones de Torrevieja, donde siempre he veraneado, pero también están las memorias grises, esas que son las que más se recuerdan, porque es más fácil olvidar una sonrisa que un llanto.

«Nací un enero de nieve en que se vislumbraban abigarrados transeúntes enfundados en sus bufandas de colores y casi se podía palpar el cansancio de los rostros de los enfermeros. En ese invierno de luces grises y sentimientos guardados bajo capas y capas de abrigo, el destino decidió que debía ser una mujer-espejo para asegurarse de que ciertos sentimientos no se quedasen ocultos mucho tiempo en el frío muro humano…»

¿En qué espejo se mira cada mañana Irene Fidalgo?

En mi habitación hay un espejo que va cambiando, según pasan los años. Ese espejo, que durante muchos años pensé que estaba roto, solía reflejar mucha soledad; quizá esa oscuridad que todos llevamos dentro y callamos. Sin embargo, hace unos años me plantee dos opciones: o cambiar el espejo entero o darle una nueva vida y volverlo vintage. Opté por la segunda opción y restauré los fragmentos resquebrajados en los que ver y verme y es que no debe sorprendernos la cantidad de cosas que pueden llegar a saber de nosotros los objetos inanimados con los que interactuamos. Todo nos devuelve una imagen de nosotros y cada imagen puede tener un significado.

«Escribo desde los siete años como forma de dar sentido a los pájaros de mi mente». Desde entonces, se reconoce deudora de todos los poetas que llegaron a sus manos «porque de todo se aprende y disfruta». Durante su adolescencia, desarrolló su poética, siempre con boli negro «en la tenue línea que une la realidad y la ficción», inspirada por las lecturas de los poetas malditos, la poesía oriental, la Generación del 27, Antonio Gamoneda, Silvia Plath o Corredor Matheos.

¿Qué te aportaron estos maestros de la palabra?

Aparte de Tristan Corbière, con Los amores amarillos, los poemas de juventud de Arthur Rimbaud, El Álbum de versos y prosa de Stéphane Mallarmé o las Premières poésies de Auguste Villiers de L’Isle-Adam, formaron parte de mi cabecero de noche adolescente otras obras, consideradas por la crítica como malditas, como Las flores del mal de Baudelaire, los sonetos de Les Chimères de Gérard de Nerval, el «Sueño del atista» o «Romanza al vino» de Émile Nelligan, los maravillosos Cantares de la inocencia de Blake o el poemario Árboles de invierno de Sylvia Plath. La auténtica fascinación de estos poemas encuentra su germen en la tradición gótica de la Inglaterra del siglo XVIII. Desde mi adolescencia, esa temática ha sido una constante en mis gustos literarios, ya sea desde un acercamiento a El vampiro de Polidori, El monje de Lewis o Los elixires del diablo de Hoffmann. Todos ellos me han aportado una visión nueva de belleza: la que se aprecia desde la oscuridad, desde el enfrentamiento entre el dolor y la destrucción.

La poesía oriental comenzó a interesarme en el Bachillerato y, curiosamente, me llegó su influencia a través de la novela de autores como Yukio Mishima, Yasunari Kawabata, Ryu Murakami, Haruki Murakami o Mahoko Yoshimoto. Desde luego, la poesía japonesa y, en particular, la de métrica teikei, entre la que se incluye el haiku, el senryu, el hokku o el müki, tienen algo mágico en la manera en la que pretenden captar el instante. Su pretensión, que, en principio puede parecer mucho más simple que la temática occidental, consigue en su forma penetrar en el alma humana de una forma mucho más pura y duradera. La manera de captar los momentos, su conexión con la naturaleza y la profundidad que dejan en el espíritu son los elementos clave que conforman mi poesía. Algo muy parecido a lo que consigue Antonio Gamoneda o Corredor Matheos con sus obras: la simplicidad y el juego de imágenes para llegar a la sustancia de la que están hechos los instantes.

Algunos años más tarde, el verso de Juan Ramón Jiménez también estuvo presente en mi forma de concebir la poesía. En un principio, fue su primera etapa sensitiva, pero, posteriormente, hallé en Piedra y cielo, de su etapa intelectual, la clave para la reflexión poética que tanto se percibe en mi poemario. Poco tengo que decir también de la concepción poética de Jorge Guillén, que se recoge también en mis versos: la supresión de todo lo anecdótico para llegar a la concentración temática, o de la última etapa de Cernuda en su estancia en México, en donde desarrolla una poesía mucho más seca, o la reflexión existencialista de Dámaso Alonso. Todos ellos conforman mi pequeño bagaje cultural que me incita a ver con otros ojos la realidad de la que se habla en Tiempo en calma.

Juguemos a transformar en un aforismo los últimos versos de «Soy vertical», un poema muy querido para ti, de Silvia Plath:

Y seguro que seré más útil cuando al fin me tienda para siempre:
entonces quizá los árboles me toquen por una vez
y las flores, finalmente, tengan tiempo para mí.

La muerte es un lugar muy dulce desde el que ser.

Graduada en Lengua castellana y Literatura por la Universidad de León, Irene acaba de concluir las prácticas del máster en Educación, en el instituto que la vio crecer. Su amplia formación le permitirá acceder al mundo de la enseñanza, con la misma pasión e ilusión con la que ella se entrega a la Literatura. Perteneciente al grupo Ágora de Poesía de nuestra ciudad, miembro del colectivo #Plataforma y, tras numerosas participaciones en antologías específicas, nos regala, con su primer poemario, Tiempo en calma, publicado por Mariposa Ediciones, «el  fulgor de un instante, el eco de los koans del budismo y la quietud de los haikus japoneses».

Este cuaderno, estructurado en cinco bloques, -edad de muerte, edad del pensamiento, edad del amor y edad de renacer- evoca, en palabras de su autora: «La sensación de vacío y pertenencia al Todo universal: el pálpito verde del corazón de la naturaleza», una hermosa metáfora que se refleja en la sugerente portada de la obra.

Escribir, como dice Hasier Larretxea, ¿es «habitar los silencios, caminar descalzos sobre la tierra, otra manera de alargar el vacío»?

Todavía no estoy segura de saber contestar a esta pregunta o de si la podré llegar a contestar algún día. Escribir puede ser, sin duda, muchas cosas. Es posible que, para cada uno, tenga un significado diferente. Desde luego, la poesía es una forma de intentar dar significado a los silencios que nos habitan, de dar una materialidad a lo que nos rodea y asusta porque no tiene nombre. Es posible que el poeta tenga miedo de no conocer y, por eso, intenta dar significado a todo aquello que le aterra por su naturaleza insondable.

Tu poemario está lleno de tiempo, el que tenemos y el que se nos ha ido, pero también de verdades dolorosas que parecen eternas como en los versos que conforman «Refutación de las verdades»: «Todos los hombres son libres. / Yo soy una mujer./ Luego no soy libre».

¿En qué ámbitos crees que las mujeres no han alcanzado todavía esa libertad a la que aludes?

La mujer siempre ha estado sometida a presiones sociales y familiares que, aunque han disminuido considerablemente en las últimas décadas, siguen estando soterradas en la historia de nuestra nación. No obstante, la brecha salarial en algunos trabajos y países, la precariedad laboral, por miedo al embarazo y el consiguiente despido empresarial, el machismo presente en ciertos colectivos o la violencia sexual son algunos de los ejemplos que aún se encuentran presentes en la época en la que vivimos.

¿Has aprendido a amar tus cicatrices o, más bien, has podido desprenderte de ellas, como se nos aconseja en «Recuerdos del dolor»?

He aprendido a amarlas porque creo que casi nunca se consigue desprenderse de ellas. Las cicatrices no se olvidan y nos acompañan siempre, recordándonos de dónde venimos. No ha sido un camino fácil perdonar y, más importante, perdonarme.

En el poema titulado «Dudas», el yo lírico parece tener las ideas muy claras, como si de una paradoja se tratara entre el título y lo que expresan las palabras que se incluyen en él.

¿Para qué aspectos personales o profesionales «no está», en estos momentos, Irene Fidalgo?

Esta es, sin duda alguna, una pregunta trampa. Irene «está» ahora mismo centrada en sus estudios del máster, pero siempre hay resquicios por los que se cuela la irrealidad, la sensación de no sentir a pesar de estar sintiéndolo todo. Ese poema nos habla de la depresión: de saber que estás en un sitio, pero no ser capaz de salir de él. Es muy fácil entonces «estar» y «no estar».

Uno de los poemas que más ha emocionado a nuestros alumnos es «Adolescencia»:

Viniste y huiste con crudeza,
plantando las raíces del dolor
cuando esa senda fuese intransitable
por los designios de la edad. Sentirte,
y no volver a sentirte de nuevo.
Traspasar el muro por un camino de piedras,
que diesen a un sendero de flores verdes…

¿Con qué obstáculos se encuentran los adolescentes con los que has compartido aula, a lo largo de estos meses?

Creo que los adolescentes siempre se enfrentan al mismo problema: la identidad. No hay otro conflicto más grande y doloroso que intentar saber quién eres y no tener ni idea. Muchos adolescentes (y no tan adolescentes entre los que me encuentro) seguimos buscando nuestra forma de ser, construyéndonos trocito a trocito.

«Siempre quedarán canciones de guitarra con las que soñar, fotografías en las que descubrir a un poeta y miles de ojos en los que creer».

Una melodía para crear, una imagen que nos haga soñar y un poeta que debamos descubrir, a través de tus ojos:

Sin duda alguna, yo recomendaría a Carlos Marzal con Los otros de uno mismo.

«Gracias por darle a la niña más esperanza de la que ella pensaba que existía».

En nuestro encuentro en el aula con la poesía, y como una forma de aproximarnos a poetas jóvenes actuales, invitamos a Irene Fidalgo a jugar con nosotras.

  • Tu estado de ánimo ideal para escribir. Melancólico.
  • Un sentimiento que te acompaña y del que te gustaría desprenderte o conservar. La soledad.
  • Un paisaje que no puedes olvidar. La calle Havelská en el centro de Praga, con edificios medievales.
  • Un olor evocador. El olor nocturno de las damas de la noche del jardín de una vecina.
  • Un placer culpable. El chocolate.
  • Una persona que haya marcado tu adolescencia. No podría mencionar solamente a una.
  • Un hombre o una mujer con la que te identifiques. Pilar Adón.
  • ¿Pasado, presente o futuro? Pasado, (por desgracia).
  • Un sueño por cumplir. Morir siendo poeta.
  • Un momento que no olvidarás jamás. Mi primer beso.
  • ¿Memoria u olvido? Memoria.
  • El lector ideal de poesía es… aquel que siente demasiado.
  • ¿Para ti las historias han de tener un final engañoso o una continuación dolorosa? Una continuación dolorosa.
  • Una invitación que no hayas podido declinar. Realizar una colaboración para la creación de un manga conjunto.
  • Un haiku para nuestros lectores de latintaentretusdedos.com:
La tinta fluye.
Un pájaro se pinta
en el silencio.

Gracias, Irene, por tu tiempo, y tu poesía con (c)alma.

Tiempo en calma, de Irene Fidalgo, está disponible en: https://www.mariposaediciones.net/